De entrada, queda claro que el nuevo Museo de Historia Moderna (en realidad, una gran sala de unos 500 metros cuadrados) no ofrece grandes reliquias ni valiosos manuscritos.
Su fuerza reside en que a través de bustos, cuadros y recreaciones de eventos, Egipto vuelve su mirada sobre dos siglos en los que el país ha sido ocupado, cortejado, saqueado y, en los últimos 50 años, finalmente ha encontrado una senda propia de final más que incierto.