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La reciente cumbre entre los presidentes Bush y Putin en Maine se describió como un intento de distender un período caracterizado por las numerosas divergencias. Convendría precisar que la veracidad de lo primero no conduce a lo segundo. Si bien la reunión tuvo ese propósito, existen al menos dos razones fundamentales que tornan imposible el regreso a la Guerra Fría. En primer lugar la Guerra Fría enfrentó a dos superpotencias que encarnaban, defendían y procuraban expandir dos modelos antagónicos. Rusia hoy no presenta un modelo alternativo en términos ideológicos, económicos o políticos. Las divergencias con los Estados Unidos tienen que ver con la defensa de intereses concretos y no con la defensa de ideales o valores excluyentes. En segundo lugar para sostener su oneroso rol de líderes de aquellos sistemas enfrentados, ambas superpotencias contaban con recursos materiales similares. En los años 80’ el PBI americano era el mayor de la economía mundial y el soviético el tercero. La distancia no era tanta. En cambio la Rusia actual no puede equiparse a la URSS en términos territoriales –es la mayor pero sólo una de las repúblicas pos-soviéticas- ni en capacidad productiva. Su PBI ocupa entre el 10 y 14 lugar en el ranking mundial. La diferencia entre el gasto militar de cada una es abismal: mientras en el 2006 EEUU destinó 528.692 millones de dólares americanos, Rusia utilizó 34.700 millones. Estas cifras indican que EEUU representa el 46% del gasto militar mundial, Francia y Gran Bretaña el 5 % cada una, China y Japón el 4% en cada caso y Rusia el 3 %. El crecimiento de la economía rusa de años recientes y su proyección futura constituyen un hecho positivo pero este período de bonanza debería posibilitar la reconversión de gran parte de un aparato productivo obsoleto y mejorar las condiciones de vida de la población. En suma existen parámetros socio-económicos que indican que Rusia tiene un camino que recorrer para alcanzar el status de país desarrollado en vez de embarcarse en un aumento desmedido de su gasto militar. Es cierto que persiste un elemento de la Guerra Fría que puede explicar la perdurabilidad de la imagen de estos dos enemigos: la capacidad de destrucción mutua asegurada derivada de su condición de superpotencias nucleares. Sin embargo este elemento por si sólo no basta para pensar que el mundo puede volver atrás. Más aún, los Estados Unidos han explorado la posibilidad de crear un sistema defensivo que neutralizaría el eventual ataque soviético, quebrando de este modo esa paridad letal y adquiriendo una supremacía sino definitiva al menos perdurable. Algunos analistas entienden que técnicamente ese sistema podría ser factible en unos 15 o 20 años y que el radar americano a instalar en la república Checa y los diez misiles interceptores en Polonia constituirían un primer paso -no testeado- en esa dirección. Sin embargo, más allá de esta posibilidad, el mundo actual es testigo de una creciente proliferación nuclear que conlleva enormes riesgos, los que se potenciarían si grupos para-estatales logran acceder a este tipo de armamentos. Este y otros problemas de alcance global, junto con la creciente importancia de otros actores estatales y no estatales son además elementos suficientes para subrayar diferencias con la Guerra Fría.
En lugar de enmarcar a la cumbre de Maine como un episodio de una nueva-vieja Guerra Fría, tal vez sea conveniente analizarla bajo otro esquema: la de dos líderes políticos que buscan defender sus intereses en varias cuestiones en las que difieren y confrontan. Algunas de ellas son más mediáticas y otras pasan más desapercibidas. Entre las primeras podemos mencionar la instalación de equipamiento militar en países miembros de la OTAN como República Checa y Polonia.
Sin dudas, las sucesivas ampliaciones de dicha Organización, en cuanto a sus miembros y también en cuanto a la naturaleza de sus funciones, resulta la causa principal del malestar ruso, del que las futuras instalaciones en suelo polaco y checo aparecen como un detonante. Rusia ha percibido de forma negativa todo este proceso aunque ha reconocido su impotencia para impedir el avance de la OTAN hacia sus fronteras. Por otra parte los intentos de institucionalizar una tibia cooperación con la Organización se han revelado insuficientes. A diferencia de la década del 90’ en que el gobierno ruso se limitó a declarar su disgusto, en la actualidad ante la decisión de instalar equipos en Polonia y República Checa, Putin parece dispuesto a apostar más fuerte. Por un lado ha abierto el espacio para nuevas negociaciones al realizar una contrapropuesta que incluye el uso conjunto tanto del radar de Gabal en Azerbaijan, como el radar que Rusia está construyendo en Armenia y el establecimiento de centros de alerta temprana en Moscú y Bruselas. Por otro lado el presidente ruso ha avanzado en acciones concretas como es la suspensión del Tratado de Armas Convencionales, que limitaba este tipo de armamentos y su ubicación en Europa.
Rusia ha mostrado una posición categórica en torno a otra de las divergencias: el status de Kosovo. Moscú ha rechazado sucesivos proyectos auspiciados por Estados Unidos y países europeos, que a su criterio significan reconocer la independencia kosovar, sin que ésta resulte de un proceso de negociación con Serbia. De ahí que anticipó que ejercerá el poder de veto en el Consejo de Seguridad ante algún proyecto de ese tipo. Pero también ha habido avances en la cooperación política en torno al polémico programa de desarrollo nuclear iraní y a la desnuclearización de Corea del Norte.
En otro terreno –el del gran juego económico y energético- el panorama resulta variado. Un par de años atrás el juicio al magnate ruso Jodorkovki y el desguase de su petrolera Yukos abrió una etapa de intenso cuestionamiento de los países desarrollados ante la arbitrariedad rusa respecto a la revisión de algunas privatizaciones. Posteriores presiones sobre empresas extranjeras que realizaban explotaciones en el país para que cedan posiciones en favor de la estatal Gazprom profundizaron las preocupaciones en el mundo de los negocios. Tal ha sido el caso de Shell en Sakhalin-2 y el de British Petroleum en el área siberiana de Kovykta. Sin embargo, en momentos complicados en las negociaciones políticas con americanos y europeos, y cuando el caso Litvinenko-Beresovsky impactaba sobre los vínculos ruso-británicos, existen novedades en los negocios energéticos. Avances recientes con otras capitales europeas pueden verse en el trato con la francesa Total que obtiene 25 % de la explotación del campo gasífero de Shtokman y la suscripción de un memorandum con la italiana ENI para construir un gasoducto hasta Italia denominado “Corriente del Sur”. Estos ejemplos apuntan a destacar la complejidad y creciente densidad en las relaciones ruso-europeas. Por cierto las negociaciones en materia energética involucran una competencia intensa de actores privados y estatales, pero también va intensificando una red de vínculos que pesan a la hora de considerar otros temas de la agenda política y de seguridad. Las modificaciones estructurales señaladas al principio de este artículo hacen que sea imposible un regreso a la Guerra Fría. Podrá haber divergencias acentuadas durante un período de tiempo y con tonos más o menos altisonantes y algún impasse en las negociaciones con americanos y europeos. Del lado ruso el elemento más novedoso no está dado por una supuesta renovada voluntad o ambición de recuperar su rol de actor relevante, la que es resumida por los analistas en la frase “the Russian are coming”. Rusia siempre tuvo esa voluntad, solo que ahora cuenta con mejores recursos para negociar. Mejores recursos relativos y comparados, no con los de la URSS, sino con la propia Rusia de principios de los 90’: economía en expansión, gobernabilidad y recursos energéticos que alientan la internacionalización de las empresas del sector. Estos recursos no deben ser magnificados ni puestos fuera de contexto. Ni Rusia dejó de ser un actor relevante en el tablero internacional a principios de los 90’ como señalaban algunos analistas, ni puede volver a ser lo que fue, una superpotencia que encarnaba un modelo contrapuesto al capitalismo. A mi criterio la combinación de la voluntad rusa de negociación y de retaliación persigue el objetivo de ser incluido en la toma de decisiones centrales de la política internacional y no significan un regreso a tiempos definitivamente idos.
Graciela Zubelzú (Doctora en Relaciones Internacionales, investigadora del CONICET, profesora en la Universidad Nacional de Rosario)
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