Todas las noticias Archivo
www.adnmundo.com
Lunes 28 de Mayo de 2012 Washington 02:02
22º / 32º
Domingo, 03 de Febrero de 2008 Sea el primero en comentar esta nota

Cristina, arreglos y desarreglos

Por Eduardo van der Kooy. Gentileza Clarin

Enviar Enviar
Imprimir Imprimir
Corrección Sugerir Corrección
Comentarios Escribir Comentarios
Anterior Panorama político nacional de la semana
Siguiente Con gobierno y con sistema es el próximo paso
 
Technorati Yahoo

La relación con Washington se vuelve a encauzar. Es una prioridad de la Presidenta, al margen del incidente por la valija. En cambio se enrareció el vínculo con la Santa Sede, que no otorga el plácet al embajador Iribarne por ser divorciado. ¿Otra razón oculta?

El mundo externo sigue siendo, por ahora, su trastorno principal. Los casi dos meses de poder que lleva Cristina Fernández han estado jalonados por conflictos que atraviesan las fronteras. Ninguno de ellos resultó nuevo: la tensión con Washington, mechada con lapsos de amabilidad, se remonta a la Cumbre de Mar del Plata de 2005 cuando Néstor Kirchner se enfrentó con George Bush; los tironeos con el Vaticano comenzaron durante el gobierno anterior no bien el vicario castrense, monseñor Antonio Baseotto, fue desplazado de su cargo por declaraciones inapropiadas; el pleito con Uruguay por la pastera Botnia no tuvo retorno al sellarse el divorcio político entre el ex presidente y Tabaré Vázquez.


Cristina tiene un límite: no puede descansar, como lo haría cualquier otro mandatario, sobre la excusa de la herencia recibida. La herencia, de la buena y de la mala, fue la que dejó la administración de su esposo. Nunca hará ni dirá nada que pueda ser interpretado en contra de él. Aquel límite es, en verdad, relativo: la Presidenta no fue una convidada política en los años pasados. Influyó mucho en la toma de decisiones y esas decisiones, en parte, ayudaron a rumbear los conflictos hacia donde se encuentran hoy.


Cristina no ha podido todavía fijar un ladrillo sin que se afloje otro en la reconstrucción de las relaciones exteriores del país. Llegó dispuesta a fomentar un trato sin tanto hielo con Washington, pero se estrelló con el escándalo de la valija de Guido Antonini Wilson y con revelaciones —el destino del dinero— que pretendieron empañar su campaña electoral. Su exagerada reacción y la de Kirchner provocaron otro pico de tensión en el vínculo bilateral.


Ha vuelto el apaciguamiento después de la entrevista de la Presidenta con el embajador estadounidense, Antohny Wayne. El preludio de la paz fueron gestiones arduas de Alberto Fernández, el jefe de Gabinete, y el canciller Jorge Taiana con el Departamento de Estado. Allá fue determinante todo lo que hizo Tom Shannon. El subsecretario para el Hemisferio Occidental es un defensor a ultranza de una relación razonable con la Argentina. Acá tuvo en Wayne a un colaborador discreto, eficiente y empeñoso.


Cristina quedó convencida también de la posibilidad de una relación diferente a la que mantuvo Kirchner con la Iglesia. Esa impresión se fue forjando luego de la reunión con el cardenal Jorge Bergoglio y miembros del Episcopado. Los sacerdotes guardaron una esperanza similar. Nada de eso se esfumó, pero la negativa vaticana a conceder el plácet como embajador a Alberto Iribarne, por su condición de divorciado, encrespó algunos espíritus.


La Presidenta ha dicho además que la única salida para el diferendo con Uruguay será el fallo de la Corte de La Haya. Para ese fallo falta mucho. Tampoco el fallo, quizás, alcanzará para resolver otras cuestiones políticas que atizan el problema. Existe un esfuerzo de Cristina por no dañar la relación con Tabaré. El esfuerzo lo hace también el mandatario uruguayo. Incluso cavila un diálogo más ordenado con los asambleístas que cortan los pasos fronterizos. Ellos deben formar parte, a juicio suyo, de una solución. De hecho programa recibirlos los próximos días. Pero varios episodios turbios registrados en los puentes —hasta el posible pago de peajes para permitir la circulación de privilegiados— estarían haciendo tambalear la estrategia.


El Gobierno se resiste a reconocer un error aunque acaba de aceptar otro. Sigue persuadido de haber reaccionado como correspondía cuando se hicieron en Miami ciertas revelaciones sobre la valija indiscreta. Una mesura mayor hubiese evitado, tal vez, la sobredosis de tensión con Washington que forzó a Cristina a compartir la escena con el embajador estadounidense para transmitir señales tranquilizadoras. Se trató, en realidad, de una cumbre sin equivalencias.


En cambio, el poder posee después de la reconciliación otra mirada sobre Wayne. Se le adjudicaron cuando estalló el escándalo responsabilidades que nunca había tenido. Fue vinculado a viejos halcones del Departamento de Estado como Roger Noriega y Otto Reich. A supuestas complicidades para enredar la relación política entre la Argentina y Venezuela. Wayne es un diplomático de carrera que nunca comulgó con los halcones. Tiene simpatías políticas entre los demócratas y dos de sus hijos, incluso, participan ahora en la campaña de la interna partidaria en favor de Barack Obama, el rival de Hillary Clinton.


Como buen diplomático hurgó todos los resquicios para hallarle un escape a la crisis repentina. Hubo un empresario bonaerense que se ofreció a tender puentes con el Gobierno. Esos puentes llegaron hasta la Jefatura de Gabinete. Se sucedieron tres reuniones herméticas fuera de los lugares habituales antes de que Alberto Fernández y Wayne resolvieran mostrarse en público en la Casa Rosada. Cada uno de esos diálogos sirvió también para que Taiana fuera afinando su sintonía con Shannon.


La descompresión sucedió progresiva. El silencio oficial, después de la primera andanada, ayudó a recuperar algún orden. El orden indispensable que Wayne y Shannon necesitaban para que Washington encarrilara las tramitaciones de la Secretaria de Justicia por la valija indiscreta. En esa dependencia se había generado la afirmación de que el dinero de Antonini Wilson estaba destinado a la campaña de Cristina. Esa información salió de boca de uno de los supuestos agentes venezolanos detenidos por el FBI. Fue lo que Wayne y Shannon trataron de hacer entender desde un comienzo, en vano, al Gobierno enfurecido.


Wayne y Shannon siempre creyeron que la Secretaria de Justicia de su país había incurrido en una liviandad o imprudencia cuando distribuyó aquella información. Nunca más desde que comenzó el período de tregua la Justicia estadounidense rozó siquiera al poder argentino en la causa de la valija. En el segundo párrafo del comunicado que la Embajada en Buenos Aires ventiló luego de la reunión de Cristina con Wayne se subrayó expresamente que las conjeturas sobre el destino del dinero "no fueron formuladas por el gobierno de Estados Unidos". Ese papel transmitió el "espíritu de amistad" entre las dos naciones. Pero fue más elocuente lo que Wayne soltó delante de la Presidenta antes de despedirse: "Sepa muy bien el respeto que tenemos por Usted", expresó.


Wayne ya no tendrá que padecer las restricciones a su labor que le había comunicado sólo verbalmente el Gobierno a raíz del incidente. Shannon convino con Condoleezza Rice, la secretaria de Estado, descongelar el trámite para que Héctor Timerman pueda convertirse en embajador en Washington. ¿Podía el caso de la valija esterilizar intereses superiores y comunes entre ambos países? Estados Unidos no estaría en condiciones de desentenderse de la Argentina sin afectar el equilibrio regional en un tiempo en que abunda y crece la influencia de Hugo Chávez. Cristina no renegará de Venezuela, pero concibe un modelo de país menos apartado de los poderosos del mundo. Washington es siempre una pieza necesaria para esa integración.


La tarea resultará incompleta, sin embargo, si el Gobierno no presta atención a un par de cosas. El caso de la valija indiscreta no concluyó: tendrá que poner la mejor voluntad política al servicio de la Justicia para detectar los orígenes y las razones del intento de ingreso de dinero clandestino. Podría ser una oportunidad, a la par, para repensar el modo en que ha conducido en estos años la relación con Venezuela.


Otra relación se volvió a empantanar. La distensión del Gobierno con la Iglesia pareciera no haberse trasladado al Vaticano. Un argumento arcaico aún para la mayoría católica —el divorcio— amenaza con dejar en un rango inferior la Embajada ante la Santa Sede. ¿Sabía Cristina el riesgo que corría cuando postuló a Iribarne como embajador? La Presidenta supuso que no corría tal riesgo. Especuló que el envío de un ex ministro de Justicia trasuntaba la intención de jerarquizar el vínculo.


¿Habría alguna otra razón oculta en la dureza vaticana? Podría haberla. La Santa Sede querría designar a un nuevo vicario castrense, tras la renuncia que le aceptó el año pasado a monseñor Baseotto luego de su confrontación con el Gobierno. El Gobierno se escurre porque apuntaría a eliminar la Vicaría. Para ello debe denunciar el acuerdo de partes que data de 1957. Hubo consultas con algunos obispos.


Varios viejos conflictos merodean cerca de Cristina como los fantasmas.

 
 
San Martín le ganó a Olimpo y lo mandó al descenso
Colombia: Condenan a militares por asesinar a un discapacitado mental
Rosario Central y River no se sacaron ventajas
Capriles inscribirá su candidatura en Venezuela
Más de 8 mil evacudos en Cuba
Fútbol violento: Un nuevo muerto en las canchas argentinas
Más de 90 muertos en Siria

Publicidad en adnmundo.com | 

Quiénes somos | 

Servicios Corporativos | 

Recomiéndenos | 

Archivo

Desarrollado por Esquemas.com

Todas las noticias | 

Las noticias en tu sitio | 

Las noticias resumidas | 

Contáctenos

Política Internacional y Seguridad | 

Economía y Comercio  | 

Medio Ambiente / Energía

Deportes | 

ADN Cool | 

Turismo |