Diez años después de tomar el poder un Tony Blair cada día menos popular anunciará hoy cuáles son sus planes para el futuro. El primer ministro británico notificará por la mañana cuándo prevé dimitir y pasar el mando a su sucesor, que a todas luces será el actual ministro de Economía, Gordon Brown. El portavoz del mandatario aseguró que Blair se centrará en el trabajo de primer ministro hasta que el partido laborista haya elegido el candidato a tomar el relevo.
Los conservadores, liderados por David Cameron, quieren que se celebren elecciones inmediatas, pero esa iniciativa es rechazada por el gobierno, que sufrió el pasado jueves una fuerte derrota en las elecciones municipales inglesas y obtuvo resultados poco satisfactorios en las autonómicas de Escocia y Gales.
Cameron, en la sesión parlamentaria de preguntas al primer ministro, se burló de Blair afirmando que lidera un gobierno de muertos vivos. Y le reprochó: "Tenemos un primer ministro que, incluso después de la paliza que les hemos dado en las elecciones de la semana pasada, aún no ha comprendido que todo terminó".
El aún líder laborista le replicó a Cameron: "Puede alardear cuanto quiera sobre los resultados de las elecciones municipales, pero cuando lleguen las generales, lo que cuentan son las políticas, y en políticas nosotros ganamos y él pierde".
El anuncio de Blair abre la fase final de un período agónico en la política británica. El gabinete parece haber perdido el sentido de orientación, porque el anuncio de la marcha de Blair le quitó autoridad y los ministros se han ocupado más de la interna que de la gestión.
En setiembre de 2004, justo antes de entrar en el quirófano para ser sometido a una cirugía leve, Blair dijo en una entrevista con la BBC que no aspiraría a un cuarto mandato. Se acercaban las elecciones de 2005, cuando logró algo inédito en la historia británica, un tercer mandato laborista consecutivo.
Presiones y más presiones. Durante las elecciones, afirmó que, si las ganaba, agotaría los plazos de su tercer mandato. Pero desde los primeros pasos, ese tercer turno en el gobierno estuvo marcado por la presión del ministro de Hacienda, Gordon Brown, para forzar la despedida y la sucesión.
Blair y sus aliados parecían estar convencidos de que la mejor estrategia era terminar el tercer mandato y elegir un nuevo líder en víspera de los futuros comicios, en dos o tres años. El cálculo de Gordon Brown era distinto. Quería llegar a la jefatura de gobierno con el tiempo suficiente para marcar su impronta ante los revividos conservadores de Cameron.
Esa tensión se resolvió en setiembre. Tras el regreso de las vacaciones estivales, Brown alentó los primeros pasos de lo que podía desembocar en un golpe palaciego. Delegaciones de parlamentarios y viceministros comunicaron a Blair la necesidad de su partida. El primer ministro accedió a fijar una fecha para su marcha, antes del verano. El anuncio amansó las aguas y produjo un gobierno frágil pero sin graves divisiones internas.