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El cambio de tono del Gobierno, tardío, abrió una posibilidad de diálogo con el campo. Pero las entidades rurales mantuvieron su dureza. La medida de fuerza pierde apoyo social. Aunque no sirve para el repunte de Cristina. Inquietud de gobernadores del PJ.
Se ha perdido la razón en la Argentina? Ese mismo interrogante ha repiqueteado en otras ocasiones críticas. Los momentos críticos superan en esta Nación a los tiempos de normalidad. Pero esta crisis entre el Gobierno y el campo está labrando un capítulo nuevo en la frondosa historia de desatinos nacionales: persiste desde hace más de dos meses, con desafíos y brotes coléricos, una disputa entre el poder y un sector productivo clave que empieza a convertir en rehén al resto de la sociedad.
Más allá de simpatías o antipatías con el Gobierno o con los reclamos del campo, esa sociedad atisba que se están poniendo en juego demasiadas cosas. El desgaste de un poder político, el de Cristina Fernández, al que le queda por delante casi el mandato completo. El progresivo deterioro de una situación económica atrapada, en su andar diario y en sus expectativas, por el prolongado conflicto. La caída del consumo, notable en el interior pero menos perceptible en las ciudades grandes. El descenso de ponderación, que ya era baja, de la Argentina en el mundo. Hará falta un esfuerzo gigantesco para reponer a futuro una pizca de confianza entre los inversores. El rumoreo constante que fomenta la angustia e inyecta en la gente una sobredosis de tensión.
Aquellas sensaciones populares tienen, con mayor o menor veracidad, algún registro. La encuestadora Managment & Fit, en un trabajo de dimensión nacional, reveló la semana pasada que el 79% de los ciudadanos reclama un acuerdo. Hugo Haime posee un trabajo que se orienta en una dirección similar: la aprobación a las medidas de fuerza, que fue en los inicios muy alta, se ha ido desinflando y registra un descenso de casi 20 puntos. Ese descenso no significa que el Gobierno haya retomado posiciones. Refleja simplemente un cansancio social.
La pelea entre el Gobierno y el campo ha ido mutando de la geografía sectorial a la geografía política. No se discuten ya sólo métodos e intereses sino la capacidad, en uno y otro bando, de ostentar poder. Hubo en estos dos meses señales contradictorias, palabras por la mitad, mensajes inconsistentes. Creció entre todos los actores del conflicto una indisimulada desconfianza. Esa suma de factores comienza a tornar incomprensible el pleito para la mayoría de la sociedad. No existe peor pecado en la política que volverse incomprensible.
El Gobierno, con demora, pareció percatarse de ese pecado. Así podría explicarse el súbito abandono de su habitual crispación y el canje por el llamado a la unidad y al diálogo que formuló Cristina. Fue súbito y fue, además, a último momento: Néstor Kirchner acordó con su esposa, arriba del helicóptero que los condujo hasta el acto peronista en el cordón bonaerense, que fuera ella y no él, como estaba previsto, la oradora principal.
¿Acordaron también el sesgo del mensaje? El mensaje fue adquiriendo el sesgo que tuvo al final durante largas sobremesas del matrimonio. Alberto Fernández puso también su condimento. Sobre todo en un almuerzo en Olivos que compartió con Cristina, con Kirchner y con Carlos Zanini, el secretario Legal y Técnico. En un momento Zanini debió regresar a la Casa Rosada. El ex presidente se puso de pie y dijo: "Terminen ustedes". La Presidenta selló el nuevo rumbo con el jefe de Gabinete.
Una sorpresa. Cristina estuvo incluso hasta la víspera del acto más intransigente que Kirchner. La Presidenta está desencantada con los cuatro meses de vida en el poder y el conflicto con el campo forma parte importante de ese desencanto. "A Kirchner no se lo hubieran hecho", suele repetir. El malestar de Cristina resulta comprensible, pero las desgracias que viene padeciendo no fueron sólo obras de la magia. Varias de ellas nacieron de decisiones equivocadas.
¿Resignó acaso Kirchner su obstinación de conseguir la rendición de los dirigentes del campo? Nadie podría asegurar que existe tal resignación. Pero el ex presidente olfateó antes que nadie que el acto peronista del miércoles era una oportunidad para intentar sacarle alguna traba al conflicto. Empieza a estar convencido de que el gobierno de Cristina tiene que rastrear horizontes diferentes. Y que será imposible mientras persista la pelea. Tomó constancia también de que el peronismo es en este siglo la fuerza heterogénea y matizada que es, distante de la que transitó en los 70 y más aún de la que fundó Juan Perón.
¿Se lo notificaron los gobernadores que sufren en sus provincias la presión de la protesta campesina? Esos gobernadores desfilaron con sus temores en un par de oficinas del poder, pero ninguno de esos temores llegó a oídos de Cristina y de Kirchner. El matrimonio tuvo constancias más contundentes. Juan Schiaretti delineó en Córdoba su propia estrategia de diálogo con los ruralistas porque era imposible para él otra estrategia. Se hizo gobernador con una legitimidad cuestionada por la oposición y con los votos que vinieron del campo. "Otra cosa hubiera significado un suicidio político para él", aceptó uno de los funcionarios que frecuenta al matrimonio.
En Santa Fe el peronismo se ha deshojado como un árbol de otoño. Kirchner tragó saliva cuando vio por televisión a Carlos Reutemann subido a una moto recorriendo los campamentos rurales a la vera de las rutas. La figura del ex gobernador sigue teniendo influencia en el interior de la provincia aunque sea rechazada en Rosario. La fuerza del peronismo radica, justamente, en aquel interior y no en la gran ciudad que desde hace años ha sido dominada por el socialismo. ¿Cómo continuar con la cruzada con un peronismo flaqueante en dos distritos poderosos y agropecuarios? No era todo: decenas de intendentes peronistas del interior de Buenos Aires hicieron saber a Daniel Scioli de sus incomodidades por la protesta del campo.
El cambio insinuado por el Gobierno sigue encerrando, pese a todo, una duda. ¿Se trata de un cambio para zafar sólo del brete con el campo o una convicción más profunda que podría extenderse los años que vendrán? Aquella tendencia demanda todavía hechos y demandaría también de mensajeros con mayor confianza pública. Una cosa fue la invocación amplia de Cristina y otra los llamados al diálogo de Hugo Moyano y Luis D'Elía. Son dos de los personeros oficialistas con peor consideración popular. La idea del cambio debería estar vinculada para el Gobierno a la necesidad imperiosa de reconquistar parte de la credibilidad perdida. Esa credibilidad no sólo fue vapuleada por el conflicto: viene sufriendo una sangría sobre todo desde que la inflación se instaló como una preocupación colectiva.
Los dirigentes rurales están empezando a asomarse a un desafío parecido al del Gobierno. Proclamaron la necesidad de un diálogo y pidieron una audiencia a Cristina pero decidieron, a la vez, prolongar el paro. ¿Cómo podría conjugarse una cosa con la otra? El socialista Hermes Binner fue uno de los sorprendidos por ese juego. El gobernador de Santa Fe pidió a los líderes de la entidades rurales la desactivación del paro y ninguno puso objeciones en la reunión. "El Gobierno tiene voluntad de discutir las retenciones", los anotició. Binner había conversado con Alberto Fernández, el jefe de Gabinete. Pero los ruralistas endurecieron sus palabras cuando enfrentaron a la concentración de productores que batía parches delante de la Casa Gris.
La dinámica del paro pareciera haber rebasado a esos dirigentes. Es una impresión que se afianzó desde que arrancó la protesta. Esos dirigentes siguen juntos sólo por espanto al Gobierno. Luciano Miguens, de la Sociedad Rural, se inclinaba ahora por una tregua. Mario Llambías controla sólo un sector de CRA y Eduardo Buzzi, de Federación Agraria, pareció tomar de hecho el timón de esa Mesa de Enlace. Miguens supone que podría discutirse, para modificarlo, el plan de retenciones del Gobierno. Llambías y Buzzi promueven su eliminación. Miguens y Llambías ven en cada palabra y cada movimiento de D'Elía una temible amenaza. Buzzi tuvo palabras de elogio hacia D'Elía que provocaron perplejidad entre sus pares. Buzzi ha transitado caminos comunes con D'Elía al punto que lo respaldó el año pasado en el intento de postularse como candidato a intendente en La Matanza.
Las entidades rurales dejaron pasar la semana pasada una oportunidad propicia para reabrir una negociación y buscarle una salida al conflicto. El Gobierno había dejado pasar antes, varias veces, esas oportunidades. Una fue cuando renunció el entonces ministro de Economía, Martín Lousteau, quien cargó con la responsabilidad del plan que detonó el problema.
El Gobierno y el campo deberían saber que frente a ellos hay una sociedad irritada. También harta de que la Argentina vea pasar con fatalismo, de a una, sus oportunidades.
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