Un borrador del acuerdo, de 15 puntos, que fue mostrado al New York Times, pidiendo a que se termine la actividad militante y un intercambio de prisioneros, a cambio de un retiro gradual del ejército pakistaní que está en parte de la región tribal de Waziristán del Sur.
Incluso mientras el acuerdo, un proyecto de largo alcance que esencialmente prohíbe a las tribus de involucrarse en prácticamente todas las acciones ilegales, estaba siendo negociado por el gobierno a través de los ancianos de las tribus, el líder militante, Baitullah Mehsud, ordenó a sus combatientes que cesen sus actividades en las regiones tribales, así como también la colindante provincia de la Frontera Noroeste, amenazando con castigar estrictamente a los que violen la tregua.
Funcionarios norteamericanos y afganos eran escépticos de un acuerdo con Mehsud, uno de los militantes de línea más dura en Pakistán. Han culpado a los viejos acuerdos por permitir al Talibán y a al-Qaeda reagruparse, fortificar sus vínculos y utilizar a Pakistán como una base para planear ataques allí y en el exterior. Previamente, miembros de la nueva coalición de gobierno pakistaní habían dicho que consideraban a Mehsud irremisiblemente hostil.
“Hemos visto los acuerdos que han hecho antes, y no funcionan”, dijo un funcionario de EEUU, refiriéndose a un acuerdo en Waziristán del Norte en septiembre de 2006, inculpado de haber fortalecido a los militantes y un resurgimiento en los ataques a través de las fronteras contra las fuerzas norteamericanas y de la OTAN en Afganistán.
En Washington, la vocera de la Casa Blanca, Dana Perino, era también cautelosa. “Estamos preocupados por eso”, dijo, en referencia a la posibilidad de un acuerdo, “y lo que les estimulamos a hacer es a continuar combatiendo contra los terroristas y no interrumpir ninguna operación de seguridad o militar que están en curso, en orden a ayudar a evitar que se establezca allí un refugio seguro para los terroristas”.
El acercamiento a Mehsud siguió a los pedidos del nuevo gobierno de hacer un quiebre con las políticas que Pervez Musharraf ha abrazado en los últimos años, para ir en pos de un diálogo con los militantes y restaurar la calma en Pakistán, enturbiada por los ataques suicidas. Diplomáticos y funcionarios afganos sugirieron que el gobierno estaba intentando mostrar buena voluntad, mientras espera a mejores momentos para traer la estabilidad.