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Punto de inflexión en Irak por Rubén Weinsteiner

Sobre las falencias del gobierno en Irak y las divergencias de sus tres grupos étnicos.Rubén Weinsteiner

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Rubén Weinsteiner
Se ha formado gobierno en Iraq. Es un gobierno con falencias, porque no tiene aún ministros de defensa e interior. No es un gobierno eficaz, pues en este momento la capacidad de gobernar directamente está limitada institucional, política y funcionalmente. En última instancia, lo que existe ahora es menos un gobierno que un arreglo político entre los elementos más importantes de los tres principales grupos étnicos de Iraq. Esto es precisamente lo que le confiere a este acuerdo una importancia potencialmente decisiva: si se sostiene, representará las bases políticas de un régimen.

Si logra sostenerse

Si logra sostenerse, casi podría decirse que el resto es fácil. Si no lo logra, el resto es imposible. Por eso, la suerte de este arreglo político definirá el futuro de Iraq y, con ello, el futuro de la región –y en alguna forma, el futuro de la posición estadounidense en la región. No es exagerado decir que todo depende de este acuerdo.

El acuerdo que se ha logrado versa sobre dos cuestiones: el poder y el dinero. En primer lugar, se refiere a la composición del poder en Iraq, y define a los chiítas como el grupo dominante, sobre la base de consideraciones demográficas, seguidos por los kurdos y finalmente por los sunitas, el grupo más pequeño. Al mismo tiempo brinda garantías institucionales y políticas a los sunitas de que sus intereses no serán ignorados y de que no serán aplastados por los chiítas y los kurdos. En términos de dinero, estamos hablando de petróleo. Los yacimientos de petróleo están situados en el sur de Iraq, sin lugar a dudas territorio chiíta, y en el norte, en la frontera entre los territorios kurdo y sunita. Uno de los puntos del acuerdo es asegurar que los ingresos provenientes del petróleo no serán controlados solamente en función de consideraciones regionales, sino que serán controlados, al menos en forma parcial, por el gobierno central. Por eso, al menos parte del dinero irá a los sunitas, independientemente de los arreglos que se hagan con los kurdos sobre el tema.

Los sunitas obtuvieron este acuerdo por una razón muy simple: se sublevaron y esto hizo imposible que se los ignorara. Primero, la sublevación forzó a los estadounidenses a reconocer que su inclinación inicial, anular a los baathistas (seguidores del partido de Baath), también significaba anular a los sunitas de Iraq, y que el precio iba a ser doloroso. Segundo, la sublevación amenazaba con dividir Iraq y sumirla en la guerra civil. La división habría convertido a Irán en la potencia dominante de la región, algo que sería inaceptable para Arabia Saudita y los otros gobiernos del Golfo Pérsico. Los sauditas no son amigos de los baathistas de Iraq. Pero la idea de la división –y de los Estados Unidos como única garantía de protección contra la influencia iraní– los obligó a movilizar el apoyo árabe a favor de los sunitas. La sublevación era la principal carta de negociación de los líderes sunitas, y la jugaron bien.

Hay una pregunta que tiene dos aspectos a considerar. En primer término, y como respuesta al acuerdo que se acaba de cristalizar, ¿pueden los líderes políticos sunitas avanzar decididamente y terminar con la sublevación, o el menos reducir su ritmo? Y en segundo lugar, ¿quieren hacerlo? Las consecuencias son significativas; si la sublevación continúa, el acuerdo político, en su totalidad, dejará de tener sentido para los estadounidenses, que están propiciando y, efectivamente, garantizando el acuerdo. Por otra parte, si los sunitas insurgentes siguen dirigiendo sus ataques a los chiítas iraquíes, los discretamente sanguinarios contraataques que los chiítas han llevado a cabo aumentarán vertiginosamente. Los sunitas ponen bombas; los chiítas se acercan sigilosamente y matan a sus enemigos. Si la violencia sectaria continúa, significará que no hay cimiento político, ni gobierno, ni cambio en la situación de Iraq. En ese caso, los Estados Unidos tendrán que elegir entre quedarse y mitigar una situación caótica, o irse y dejar que los acontecimientos sigan su curso –lo que también significa dejar el campo libre a las ambiciones iraníes. Desde la posición de los estadounidenses, este acuerdo tiene que funcionar, y todo depende de los sunitas.

Premisas de partida y otros puntos importantes

Las rebeliones no sólo flotan en el aire. No se trata simplemente de cargar un automóvil con explosivos o de armar un dispositivo explosivo improvisado. Alguien tiene que obtener, almacenar y distribuir explosivos. Alguien tiene que entrenar a la gente para que lo fabrique. Alguien tiene que comunicarse con los demás sin que lo detengan. Alguien tiene que reclutar nuevos insurgentes sin que los detecten, y sin que agentes enemigos se infiltren. Alguien tiene que brindar seguridad. Y todo esto tiene que ocurrir en algún lugar, en un espacio geográfico.

Ese espacio ha sido, en su gran mayoría, el de los pueblos y vecindarios urbanos del triángulo sunita. La sublevación ha echado raíces allí; en esos vecindarios, se conoce a los rebeldes y se los protege. Los proveen de alimento y refugio, y las redes de conexión de los pueblos y vecindarios les advierten cuando el enemigo se aproxima. En una ocasión, Mao Zedong dijo que los revolucionarios deben ser para la gente lo que la lengua es para los dientes: si se pierde el apoyo de la población, la revolución colapsa.

En el corazón de este acuerdo político está, entonces, la expectativa de que, a cambio de concesiones políticas y económicas, el liderazgo sunita les ordenará a los insurgentes que controla, que cesen de atacar, y a la población, que retire su apoyo a los insurgentes que no controla. En otras palabras, los rebeldes baathistas y nacionalistas que están vinculados al liderazgo sunita terminarían con sus operaciones, mientras que los yihadistas liderados por Abu Musab al-Zarqavi –que tienen sus propias necesidades y objetivos en la región– pondrían punto final a las operaciones por sí solos o dejarían de contar con el escudo de la comunidad sunita. La sublevación no terminaría repentinamente, sino que iría desapareciendo con bastante rapidez en la medida en que las fuerzas que persistan en la oposición se vean obligadas a abandonar la región sunita.

Dada esta dinámica, cabría esperar una escalada de violencia por parte de los elementos que se oponen al acuerdo político de Bagdad y se ven expulsados. La esperanza de estos grupos será que la violencia, particularmente contra los chiítas, provocará la reacción chiíta y causará el colapso del acuerdo. Pero el éxito o el fracaso de esa partida gira en torno de la respuesta de la pregunta central: ¿hasta qué punto el liderazgo sunita controla a los rebeldes? Asumimos que el control no es total, y asumimos que hay elementos entre los líderes sunitas que se oponen al acuerdo político.

Pero el presupuesto central es que el grueso de los líderes ha “comprado” el acuerdo y, por lo tanto, el grueso de los rebeldes seguirá a su líder. También existe la presunción de que el grueso de la población sunita seguirá a los líderes y retirará el apoyo a los rebeldes que queden. Ahora bien, estos rebeldes podrían seguir gozando de algún apoyo entre el público, y podrían obligar a otros a protegerlos. Esto llevaría a una lucha breve pero intensa dentro de la comunidad chiíta que, debido a la correlación de fuerzas, terminaría con la derrota de los diehards (los más intransigentes). Se sostendrían –librando una campaña que sería dolorosa pero no decisiva, cada vez más marginados e inoperantes.

Este es el camino probable, pero supone dos cosas. La primera es que el ala política que ha negociado este acuerdo puede ejercer el control de la gran mayoría de la población sunita. En otras palabras, se parte de la base de que los estadounidenses y los chiítas han estado negociando con la gente correcta. De no ser así, el acuerdo político no terminará con la sublevación, y la violencia continuará. Sin embargo, no consideramos que éste sea el problema probable: los líderes deberían poder ganarse al grueso de la población sunita y reducir, por lo tanto, la lucha, si quieren hacerlo.

La verdadera pregunta es si quieren hacerlo. Como dijimos antes, la rebelión es la única carta que tienen los sunitas. Fue gracias a la rebelión que los sunitas no fueron totalmente ignorados por los estadounidenses y los chiítas. Si se apartan del conflicto pero retienen su capacidad de reanudar su ofensiva, el acuerdo político puede sostenerse. Pero si al apartarse de la lucha, los sunitas provocan la desmoralización de sus fuerzas o permiten que, con el tiempo, las tareas de inteligencia sobre la ubicación de los contrabandos de armas y de los efectivos se difunda entre los estadounidenses o los chiítas, los sunitas podrían verse en una posición desde la cual ya no podrían exigir el cumplimiento del acuerdo.

Por lo tanto, el principal cálculo que deben hacer los sunitas es el siguiente: si dejan las hostilidades, ¿pueden retener una fuerza creíble que pueda servir a sus fines políticos?

La exigencia de que Iraq desarme sus milicias se ha concentrado en las milicias chiítas. Pero, al fin y al cabo, los chiítas son la fuerza dominante en el gobierno iraquí: si sus milicias estuvieran integradas en las estructuras militares y de seguridad, todavía estarían allí para servir los fines políticos de los chiítas. Si, por el contrario, las milicias sunitas estuvieran desarmadas o integradas a las estructuras militares y de seguridad, perderían su fuerza y su ventaja.

Naturalmente, ésta es la razón por la cual aún no se han designado los ministros de defensa y de interior. No se trata de quiénes serán los individuos que se designen, ya que su poder estará limitado por el Gabinete. El punto en discusión no es la persona de los ministros, sino cómo se manejarán los ministerios. Más precisamente, como estos ministros son los que controlarán las fuerzas militares y de seguridad interna de Iraq, la cuestión que hay que resolver es cómo van a estar configuradas estas fuerzas. Los chiítas no necesitan garantías. Los sunitas sí. Por eso, la arquitectura de estos ministerios –y la constitución de las unidades militares y de policía está íntimamente relacionada con la seguridad sunita.

Es el problema del huevo y la gallina. Los sunitas no quieren comenzar a retirar a sus fuerzas hasta que estén dadas las garantías estructurales. Los chiítas –y en este caso los estadounidenses– no van a satisfacer esas garantías hasta que vean que los sunitas pueden controlar a los rebeldes y que lo hacen. No van a confirmar la posición sunita en los ministerios y al mismo tiempo seguir padeciendo la rebelión. Quieren ver que se toman medidas para controlar la rebelión. El nombramiento de los ministros es más una cuestión simbólica que real, pero los ministerios en sí son muy reales. Los sunitas no pueden estar en el ejército y en la política y al mismo tiempo seguir con la rebelión.

Otras consideraciones

También hay otra cuestión que se relaciona con los chiítas y sus deseos de que el acuerdo funcione. Ciertamente, a los iraníes les gustaría que hubiera otros desvíos para aumentar no sólo el poder de los chiítas en general, sino también el de los chiítas iraquíes que están cerca de los iraníes. Una guerra civil aumentaría la dependencia chiíta de los iraníes, dado que necesitarían armas y apoyo político. Por el momento, los chiítas iraquíes no parecen tener muchos deseos de satisfacer las ambiciones iraníes. Dominarán el gobierno; no necesitan destruir a los sunitas a costa de una larga guerra civil. Tienen la mayor parte de lo que desean. Pero aún así, hay entre la comunidad chiíta elementos que abrigan la ambición de desplazar la actual estructura de poder, y que ven en la guerra civil el medio de lograrlo. Son los que continuarán con las operaciones contra la comunidad sunita, con la esperanza de evitar que los rebeldes depongan las armas. Los líderes chiítas, por lo tanto, tienen un problema similar al de los sunitas (aunque de menor envergadura). Pueden contener a los chiítas más agresivos y ambiciosos. Pero la habilidad de Irán para desestabilizar su comunidad es el factor imponderable.

Esto también nos lleva a otra dinámica. Los Estados Unidos e Irán han estado llevando a cabo una aparentemente incomprensible ronda de encuentros, desencuentros, amenazas, ofertas de conciliación, y demás, con relación a Iraq y las armas nucleares. Cada una de las partes ha hecho avances extraños, se ha encogido de hombros, y ha lanzado feroces miradas a la otra parte. Se podría pensar que la guerra es inminente. En realidad, la verdad es otra: cada uno de ellos está tratando de evitar la guerra mostrándose peligroso y un poco loco. Los estadounidenses quieren asustar a los iraníes para que no desestabilicen la comunidad chiíta de Iraq. Los iraníes quieren lanzar un ataque más contra los estadounidenses para maximizar el poder de los chiítas –y particularmente el de sus aliados– en el gobierno iraquí.

Es obvio que los Estados Unidos quieren llegar un acuerdo, y los chiítas iraquíes también. Dependen menos de Teherán de lo que parece, y parecen preparados para seguir adelante. Los sunitas, dejando de lado todas las dudas y preocupaciones, tienen sobradas razones para querer el acuerdo, y es poco probable que consigan uno mejor. Es cierto que hay sunitas que no lo desean, pero tenemos la impresión de que se los puede manejar si los líderes sunitas quieren hacerlo. En este punto, la única alternativa al acuerdo es la guerra civil –y es difícil encontrar partícipes de relevancia que se beneficien de una guerra civil, aun cuando es posible que algunos de menor importancia lo hagan.

El acuerdo que los estadounidenses tienen a mano es la salida estratégica de la guerra. A medida que la violencia ceda, podrán reducir sus fuerzas y concentrarse en otros planes para resolver qué hacer en Afganistán, el próximo punto de la agenda. Por otro lado, si el acuerdo de Bagdad no se concreta, no tiene sentido que las fuerzas estadounidenses permanezcan en Iraq. No podrían contener una guerra civil con 130.000 soldados. Las fuerzas sólo cosecharían bajas, sin ningún resultado positivo a cambio. El resultado ideal sería una retirada que culminara con una fuerza residual de unos 40.000 hombres con asiento fuera de las regiones densamente pobladas.

Este objetivo no es inalcanzable tal como están las cosas. Es posible que los estadounidenses se recuperen de una mano tan mal jugada, hasta cierto punto. Pero la suerte del acuerdo político está fuera del control de los Estados Unidos. El resultado depende, en primer lugar, del liderazgo sunita y de su deseo y capacidad de reprimir la subversión. En segundo lugar, depende de la habilidad de los líderes chiítas de dominar su comunidad y resistir la desestabilización que Irán pretende. Finalmente, depende de que los iraníes acepten la actual situación sin introducir fuerzas encubiertas en Iraq.

En otras palabras, los Estados Unidos se han convertido, en gran medida, en espectadores. Washington puede garantizar lo que quiera, pero lo que todos analizan ahora es si pueden asegurar sus intereses con sus propios recursos. En este punto, los Estados Unidos se están convirtiendo en un factor cada vez menos significativo para el resultado del problema de Iraq, aunque siguen estando interesados en cuál será ese resultado.

Si tuviéramos que adivinar, diríamos que el acuerdo político funcionaría, en mayor o menor medida. Pero no tenemos por qué adivinar. Se aproxima el Memorial Day, el día en que se recuerda a los caídos en la guerra. La violencia en Iraq se agravará, pero para el 4 de julio dos son las alternativas posibles: o bien habrá claras señales de que los sunitas están controlando la rebelión, o no las habrá. En el primer caso, es decir, si los sunitas están controlando la rebelión, los Estados Unidos comenzarán a retirar sus tropas en serio. Independientemente de que el acuerdo se sostenga, la guerra de los Estados Unidos en Iraq va a terminar. Las tropas ya no serán necesarias, o no serán útiles. Por lo tanto, estamos en un punto de inflexión, por lo menos para los Estados Unidos. 
Rubén Weinsteiner
www.weinsteiner.net

 
 
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