|
Sólo dos personas estaban en el despacho de los presidentes. Hacía mucho tiempo que un jefe del Estado y un embajador importante no se encontraban a solas en la principal oficina de la política argentina. Creo que no merecía lo que me hicieron. Yo nunca fui antinorteamericana, deslizó Cristina Kirchner. Lamento lo que sucedió, pero nada de lo que pasó formó parte de la política exterior de los Estados Unidos, respondió el jefe de la delegación diplomática norteamericana, Earl Anthony Wayne.
El embajador estaba en la situación más imprevista de su vida pública: él siempre creyó que la relación entre la Argentina y los Estados Unidos mejoraría con la nueva presidenta argentina. A su vez, Cristina Kirchner dejó varias veces sutiles mensajes en Wa-shington y en Nueva York que respaldaban aquella suposición del diplomático norteamericano. Lo cierto es que la relación empeoró con el escándalo en Miami por la oscura valija de Antonini Wilson.
Los dos han hablado ahora, en efecto, tras la crisis más intensa de la relación entre ambos países en las últimas décadas. Aquella valija con dólares espurios enturbió los planes políticos de ambos. La política construida por la codicia y el misterio se impuso al programa y a su estrategia.
Seis semanas les llevó a los funcionarios argentinos entender que el gobierno y la justicia son dos cosas diferentes en los Estados Unidos. ¿Seis semanas? Es el tiempo que llevó la reconciliación pública, pero los encuentros secretos comenzaron a principios de enero, tres semanas después del estallido del escándalo. Sólo cuatro personas del gobierno argentino conocían los recovecos de esa negociación reservada: el matrimonio Kirchner; el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, y el canciller Jorge Taiana. Del gobierno norteamericano participaban sólo el embajador Wayne y su inmediato superior en el Departamento de Estado, Tom Shannon, subsecretario para Asuntos Latinoamericanos.
Las reuniones escondidas se hicieron en casas particulares entre Wayne y Fernández, porque se consideró que el conflicto era político y no diplomático, aunque Taiana siguió el curso de la negociación. Hubo tres encuentros secretos entre ellos antes del cuarto, el martes último, que fue público y formaba parte del acuerdo. Del acuerdo formaba parte también que se anunciara, tras la reunión pública del ministro y el embajador, que había comenzado en Washington el trámite del plácet, demorado hasta ahora, del nuevo embajador argentino en los Estados Unidos, Héctor Timerman.
En las conversaciones previas habían acordado que ese tema debía estar públicamente resuelto antes de la reunión de Cristina Kirchner con Wayne, para no obligar a la presidenta argentina a tener que hablar de la situación de su embajador. El anuncio de Wayne sobre Timerman contó con la aprobación explícita de Shannon
La única condición de esos diálogos en las catacumbas fue que los encuentros estuvieran cubiertos por un secreto de confesión. Las dos partes cumplieron su promesa. El embajador estaba aún dentro del "corralito" donde lo encerraron, y que sólo le permitía conversar con Taiana. Ese fue el primero reclamo del diplomático a Fernández. No fue una decisión personal contra usted, sino destinada a unificar la voz del Gobierno , le contestó el ministro. No dijo toda la verdad: también querían dejar fuera del conflicto a los falsos influyentes, que los hubo con la intensidad de una inagotable catarata. Muchos de esos voluntarios salieron del propio gobierno argentino.
Wayne debió apelar a la paciencia de un pastor de almas para convencer a Fernández y a los argentinos de que lo que investigaba la justicia de su país era un tráfico de agentes de inteligencia en Florida y no el desembarco de dólares supuestamente corrompidos en el aeroparque de Buenos Aires.
Quizá consiguió convencerlos cuando les dio un dato de incalculable valor: Antonini Wilson había declarado en Florida a fines de agosto último, unos 20 días después del episodio del Aeroparque, que esa valija no era suya y que el dinero serviría, según oyó decir aquí, para la campaña electoral argentina. Esto es: esa información estuvo en manos de la justicia norteamericana antes del referéndum constitucional venezolano y antes también de la elección presidencial argentina. ¿Por qué el gobierno de Bush la usaría políticamente después de esos hechos políticos y no antes, cuando podrían haber tenido repercusión electoral?
Los argentinos debieron hacer al principio lo que terminaron haciendo al final: averiguar qué pasó realmente, antes de disparar contra Washington palabras de catástrofe, para ir luego a las conclusiones. En los dos lados hubo falta de comprensión de la situación de la otra parte , se aceptó desde Washington.
Ahora bien, ¿hubo acuerdo entre los funcionarios argentinos y norteamericanos para sacar al gobierno de los Kirchner (los hechos se produjeron durante los dos gobiernos) del juicio de Miami? La respuesta podría resumirse en un no terminante, pero merece algunas precisiones. La primera de ellas es que el Departamento de Estado siempre fue crítico de la decisión del Departamento de Justicia, una oficina política, de consignar en un documento público la declaración de un simple sospechoso de que el dinero incautado estaba destinado a la campaña de Cristina Kirchner.
Eso no significa que el gobierno de Washington esté en condiciones de garantizar que no habrá en adelante nuevas alusiones por parte de algunos testigos a la administración argentina, a sus líderes o a la campaña electoral que encaramó en el poder a Cristina Kirchner. La aclaración fue puntualmente hecha por Wayne a Fernández y a la propia Presidenta. En síntesis, no será el gobierno de Washington el que impulsará investigaciones sobre la administración argentina, pero tampoco tiene recursos para callar a los involucrados en el proceso.
El supuesto acuerdo sobre los futuros pasos de la justicia norteamericana resulta derrumbado por la simple lógica. ¿Podría el gobierno norteamericano manifestarse en condiciones de frenar lo que asegura que no pudo descerrajar? Si Washington aceptara un acuerdo que incluyera su justicia, ¿no estaría debilitando su propia aseveración de que nunca propició una operación contra Cristina Kirchner? ¿No pondría en duda, acaso, la permanente afirmación de que su justicia es independiente?
La justicia norteamericana simplemente no tiene competencia sobre el delito del Aeroparque. Esa fechoría debe ser investigada por la justicia argentina; la confusión sobre la misión de quién debe hacer qué cosa incluyó hasta a la propia Elisa Carrió, uno de los pocos dirigentes políticos argentinos que conocen el funcionamiento de la justicia de los Estados Unidos.
Fernández le pidió a Wayne la extradición de Antonini Wilson, pero éste es ciudadano norteamericano y difícilmente sea extraditado a otro país. Para decirlo en un idioma sin eufemismos: el diplomático le respondió que no. El embajador le recordó al jefe de Gabinete, sin embargo, que los jueces argentinos pueden interrogar a Antonini Wilson en los Estados Unidos; él se ofreció para hacer las gestiones necesarias.
En rigor, ésa fue la primera vez que un funcionario argentino se preocupó por la suerte de Antonini Wilson; antes, sólo había habido un burocrático traslado, sin interés político a la vista, del pedido de extradición enviado a la cancillería por la jueza Marta Novatti.
La postergada visita al país de Shannon quedó condicionada a un intercambio de viajes entre funcionarios argentinos, que irían a los Estados Unidos, y de norteamericanos que vendrían a Buenos Aires. El interés por reconstruir la relación debe ser mutuo , señaló en Washington una alta fuente del Departamento de Estado. Los primeros candidatos para los próximos viajes a los Estados Unidos son Taiana y el propio Alberto Fernández. Hay que buscar una buena razón para esos viajes; no se trata de hacer visitas de reconciliación a plena luz del día , aceptaron fuentes argentinas.
El caso volvió, por lo tanto, a la justicia argentina, que hasta ahora no demostró demasiado entusiasmo para resolverlo. ¿Dónde podría estar si no aquí? Los dólares fueron trasladados en un avión rentado por el gobierno argentino, que aterrizó en Buenos Aires y que llevaba a influyentes funcionarios argentinos.
Después de la aclaración de Wayne sobre la imprevisible verborragia de los testigos venezolanos, funcionarios argentinos no daban dos pesos por la suerte de Claudio Uberti, el virtual embajador comercial de Néstor Kirchner en Venezuela y orondo pasajero del escandaloso avión. La novela que empezó en el aeroparque argentino en una fría madrugada necesita aún de alguien que le escriba su último capitulo.
|