El modelo de la Organización de Estados Americanos congrega a universidades de las Américas a participar en una experiencia de formación única en los mecanismos que la organización regional americana más representativa en sus miembros tiene para tomar decisiones. Este modelo es, quizás, la instancia de mayor importancia en el continente en el que el más alto nivel de estudios se conjuga con las posibilidades de la diplomacia americana, en una experiencia pedagógica única.
Treinta y cuatro universidades enviaron delegaciones de estudiantes que las representaron en el simulacro de la Comisión Permanente y la Asamblea General de la OEA, los dos órganos de mayor relevancia del organismo, que se llevó a cabo en la Pontificia Universidad Católica de Chile, ubicada en la capital de dicho país, entre los días 14 y 17 de julio. 
Efectivamente, alrededor de 500 jóvenes provenientes de universidades de diferentes países de las Américas tuvieron la oportunidad de ponerse el traje de diplomáticos e intentar construir consensos y mayorías, tal y como se intenta hacer desde las mismas organizaciones intergubernamentales.
La presencia no sólo del secretario general de la OEA, José Miguel Insulza, sino también de funcionarios pertenecientes a la organización, otorgó el carácter de alto nivel al evento, relevancia que el propio Insulza le dio al decir que las ideas que allí surgieron son tenidas en cuenta por la propia OEA como insumos para su trabajo.
Luego de las sesiones formales de inauguración y las palabras vertidas por el Secretario General de la OEA, José Miguel Insulza, y del ministro de Relaciones Exteriores de Chile, Alejandro Foxley, se pasó al almuerzo, tras el cual comenzó propiamente el desarrollo del modelo, con los espacios de lobby, en el que los delegados buscaban recolectar los cinco avales necesarios para que su resolución pueda ser tratada en el pleno de la comisión respectiva y ser sometida a votación.
Grupos de Trabajo
No obstante, a los patrocinadores de aquellas resoluciones que fueron consideradas por el Comité de Evaluación del modelo (REC) como similares, se les sugirió conformar grupos de trabajo, en los que, entre todas las delegaciones participantes, se debía redactar una sola resolución en común.
Este modo de participación particular implicó, en la búsqueda del texto que represente a un grupo de países, el desarrollo de un debate que pudo discurrir por dos aristas. En primer lugar, el intento de imponer cada país alguna idea de su propia resolución, intención en la que podrían llegarse a dos resultados distintos: o que la voz del más fuerte primase, ante el silencio de los menos, y una cesión generalizada de los intereses de los países representados; o el resultado de un injerto en el que, para conformar a todos, cada uno vea un tramo, un punto resolutivo, que había propuesto individualmente antes de la conformación del grupo.
Sin embargo, había otra arista cuyas posibilidades eran cualitativamente superiores. En base a un núcleo básico de ideas por las que la resolución debía discurrir, acordar punto por punto todas las delegaciones, el texto final. Ello logró que cada delegación aportara lo suyo para que cada punto reflejara la mejor versión escrita del mismo. Ello posibilita que no sólo cada una de las delegaciones se sienta identificada con todo el texto, y no sólo un artículo, sino también que, a la hora de presentarla en el plenario, la defensa se haga con mayor convicción, al sentirse participantes efectivos del proceso de redacción como un todo.
En dicho proceso de negociación de la resolución final se busca, en el debate punto por punto, el convencer al otro, el arribar a una idea común superadora, no lograr que el otro se calle o ceda a las propias posiciones. Es en ese proceso que el resultado es visto como la mejor opción posible, no la única.
Límites a la cooperación
Por otra parte, la representación diplomática de Estados hace tener siempre en cuenta, ante todo, aquellos intereses que se representan. El consenso y el diálogo tienen un margen de maniobra limitado, limitado por los propios intereses que deben defenderse por los embajadores de un Estado, intereses que son tenidos en cuenta en la conformación de todo organismo intergubernamental y que se refleja en el modo de toma de decisiones y en el alcance de las mismas.

La triangulación a la hora de hacer preguntas, la forma no dirigida de las mismas, los oradores a favor y en contra de una resolución, las mociones, la votación en sí misma, son todos mecanismos que tienen como común denominador el respeto a la soberanía de los Estados y la igualdad soberana de los mismos, tal y como lo establece la Carta de Bogotá, que instituyó a la OEA en 1948.
Tales mecanismos son también los límites a los que las intenciones para enriquecer el debate tienen que ajustarse, dejando a veces esa sensación de que se podía profundizar más aún, o que lo que se puede decidir es difícil que llegue a la raíz de los problemas. Pero es un paso, paso nada desdeñable en un continente en que la unilateralidad resuena con mayor volumen que las voces de cooperación y consenso.
Una oportunidad distinta
Negociar y no confrontar, consensuar entre varios países un proyecto imposible de lograr con las meras individualidades, con la vista presente en que esos mismos que debatían, negociaban, hacían lobby, votaban, etc., estaban representando a los Estados de América toda, y éstos a sus pueblos.
La multilateralidad posee, por encima de la unilateralidad, una ventaja. Quizás no sea tan rápida ni poco costosa de conformar como las ideas unilaterales. Pero tienen el peso de aquello que es creído por todos, ante lo que todos se sienten identificados y que, por ende, todos están dispuestos a defender.
Una política no requiere sólo que sea la idea más brillante, sino que, principalmente, todos se sientan partícipes e identificados con ella, pues así es que puede llegar a aplicarse.
La política, como arte de lo posible, se refiere a ello, a la posibilidad que un consenso tiene de lograr resolver un problema, por aquellos mismos que lo sufren. La política, como actividad ejercida en el poder, desde la representación, implica la construcción, no la imposición, de la ‘verdad’, en la que los que no tienen voz están convencidos que los que sí la tienen hablan como ellos lo harían.
Juan Pablo Mordini (*)

(*) El autor forma parte del staff de Adnmundo.com y participó del Modelo de la OEA en Santiago de Chile en una delegación de 10 estudiantes universitarios y la profesora Anabella Busso, en representación de la Universidad Nacional de Rosario, Argentina, como diplomáticos paraguayos.