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La desconfianza entre el Gobierno y los dirigentes rurales echó por tierra el diálogo al que había llamado Cristina. El fracaso abre una enorme incertidumbre política. Kirchner comanda un operativo para un acto en Plaza de Mayo de respaldo a la Presidenta. Gobernadores del PJ están incómodos.
El horizonte de un acuerdo de nuevo se alejó. El Gobierno de Cristina Fernández y la dirigencia rural parecen metidos en una pelea a matar o morir, mientras una sociedad observa angustiada un destino que no tiene ningún norte. Resulta difícil de entender que esta crisis suceda cuando la economía argentina ofrece para todos, quizá, una oportunidad excepcional.
La invocación al diálogo que hizo Cristina, acertada pero tardía, no alcanzó a tener siquiera el efecto de un sedante. Nunca el diálogo puede ser el problema: ocurre que entre el poder y el campo se abrió un abismo de desconfianza y de recelos. Quedó en evidencia en la primera rueda de negociación que desembocó al final en la continuidad del paro.
Los dirigentes rurales fueron porque no podían desairar el llamado de la Presidenta. Pero fueron convencidos de que el Gobierno sólo buscaba ganar tiempo y desarticular los bloqueos en las rutas. Un gesto oficial alimentó esa duda: ¿Por qué, en una situación de emergencia, se resolvió cortar las conversaciones el fin de semana? Los ruralistas fueron a pedir, sin rodeos, la eliminación de las retenciones móviles que azuzó este conflicto.
Los negociadores del Gobierno, que encabezó Alberto Fernández, el jefe de Gabinete, pero que mechó también, entre otros, Guillermo Moreno, el secretario de Comercio, esperaron sabiendo que lo único que no estaban dispuestos a conceder era justamente ese reclamo. "Si dábamos marcha atrás en la primera reunión, el país se hubiera reído de nuestra debilidad", dijo uno de los ministros.
El Gobierno ofertó medidas compensatorias para pequeños y medianos productores, pero el paliativo no sirvió. Hay una razón: esas compensaciones, por razones burocráticas, muchas veces se demoran o nunca llegan a los productores. Hay otra razón: el nudo del conflicto es, para la dirigencia rural que negoció, el plan de retenciones. Los ruralistas, para rastrear alguna salida, pidieron al Gobierno una suspensión de ese plan por 90 días. ¿Por qué ese plazo? Para permitir una discusión que envuelva a todos los temas que preocupan al campo. El Gobierno sospecha, en cambio, que obedece a que ahora mismo se está por liquidar la renta de la última cosecha El Estado quiere meter mano en esa renta. El campo lo vive como una verdadera confiscación.
La angustia para unos y para otros —en realidad para el país— será a partir de mañana. De nuevo se sentirán los bloqueos, la posibilidad de choques y violencia. Los síntomas de desabastecimiento irán en aumento, hay actividades industriales que comenzarían a cesar por falta de insumos, llegaría la suspensión de los trabajadores. Tres alimenticias de Entro Rios ya lo anunciaron ayer.
El Gobierno alista, como toda respuesta, su artillería. Más que el Gobierno, el kirchnerismo. Hugo Moyano y el piquetero Luis D'Elia están a la cabeza de la organización de un acto para el martes en Plaza de Mayo en apoyo a Cristina. Néstor Kirchner estuvo en las últimas horas convocando a intendentes bonaerenses y gobernadores. Pero muchos gobernadores están atrapados en sus provincias por las consecuencias del pleito. Al menos una intendencia de Santa Fe y otra de Buenos Aires fueron apedreadas por campesinos rebeldes. El conflicto será una trampa para el Gobierno y para el campo si lo único que prevalece en estas horas es el ardor.
Aquel conflicto, según se lo desmenuce, podría dejar múltiples lecciones políticas. Para el Gobierno, en especial, pero además para la dirigencia social y los emergentes de la oposición. Cristina se quejó por la virulencia del paro agrario cuando recién acaba de pasar la barrera de los cien días en el poder. Vale su queja, pero entendería quizá de modo cabal la dimensión de lo ocurrido si hiciera una mirada introspectiva: la sociedad, en general, no percibe a su administración como una novedad sino como una continuidad, casi sin matices, de la de su antecesor. Ella misma, con un papel discreto e inteligente, estuvo los cuatro años últimos en la cocina del poder.
El conflicto con el campo no escaló, entonces, como sostuvo en Parque Norte, por su condición de mujer. Cristina cosechó en octubre cientos de miles de votos en zonas rurales de provincias que la resistieron. Sirven como ejemplo los casos de Córdoba, donde perdió, y de Santa Fe, donde ganó por casi nada, justamente con los votos del interior. El conflicto se fue incubando durante el gobierno de Kirchner que no tuvo, más allá de la percepción fiscalista, un plan estratégico y diferenciador para el agro. De otro modo resultaría difícil explicar algunas situaciones que se vieron. Si la rebelión del campo fue detonada sólo por el plan de retenciones móviles que impactó en la soja y el girasol, ¿cómo se entendería el respaldo masivo a la medida de los tamberos o de los productores de carne?
En esos sectores se hicieron estragos en los últimos años. Esos sectores tienen una enorme influencia en el consumo interno —que no posee la soja— e inciden sobre la inflación. Esas políticas fueron manejadas, en especial desde el despido de Roberto Lavagna, por Moreno.
En el peronismo se descubrieron corcoveos cuando debió poner la cara para respaldar el plan de acción oficial hacia el campo. Esos corcoveos fueron patentes en el Senado. Hubo senadores que votaron a regañadientes el apoyo al plan y que lo criticaron con severidad en privado. Hubo senadores que prefirieron ausentarse o que se retiraron del recinto, como los de Santa Fe, Salta y Chaco. Hubo gobernadores que se vieron en figurillas, como Jorge Capitanich, del Chaco, y Juan Schiaretti, de Córdoba, para quedar bien con Dios y con el diablo. Pero hubo también algo que, en la instancia cumbre, los volvió incondicionales a Cristina y a Kirchner: no fue la queja del campo sino el repiqueteo de caceloras en algunas grandes ciudades. Ante el riesgo, el peronismo se abroquela.
Cristina brindó el jueves a la noche una señal nueva, inédita en la era kirchnerista. La señal fue moderada pero pareció agigantarse, en su valor político, frente a la tierra yerma que la precedió. Convocar al diálogo, referir a la humildad, hablar de puertas abiertas de la Casa Rosada, deberían ser tópicos comunes en democracia. Pero no lo son hoy en la Argentina.
El interrogante es descubrir si aquel giro de Cristina fue movido sólo por el conflicto con el campo o si empezó a permear la idea de que los tiempos han cambiado. La primera conjetura auguraría problemas futuros. Problemas que se sumarían a otros existentes ligados a la resolución de cuestiones económicas pendientes y echarían dudas sobre el proyecto político que está pergeñando Kirchner. Ese proyecto requiere de un año sereno y positivo para la gestión de Cristina. Si esas condiciones no se dan, le resultará difícil al ex presidente contener al peronismo y matizarlo con otras expresiones partidarias. Será un enigma entonces el poder y el sistema de que dispondrá el kirchnerismo para enfrentar las cruciales elecciones parlamentarias del 2009.
La segunda posibilidad ayudaría tal vez a despejar, en gran medida, esas dudas. Y le abriría al matrimonio presidencial horizontes políticos impensados. Cristina y Kirchner rezongan por la hostilidad de algunas capas sociales de las grandes urbes. Se conformaron con calcular que las cacerolas sonaron noches pasadas casi en los mismos lugares donde la votación les resultó adversa en octubre. Es cierto que algunas de aquellas capas nunca comulgarán con ellos por motivos políticos o ideológicos. Pero hay infinidad de ciudadanos que se acercan o se alejan de un Gobierno por cuestiones más sencillas y cotidianas. ¿Qué hizo el kirchnerismo para seducirlos estos años? ¿Qué estrategia planeó, amén del afán de mejorarles el bolsillo?
Si alguna estrategia había en ciernes, acaba de incinerarla dándole a D'Elia el protagonismo que le dio. Lanzó al ex piquetero y funcionario a la calle para perseguir y silenciar la disidencia. Luego lo sentó a las espaldas de Cristina, en Parque Norte, mientras la Presidenta invocaba al diálogo, a la convivencia y al orden institucional. Tanta contradicción es indigerible para muchos argentinos.
Esas imágenes y las de las rutas bloqueadas por los campesinos recorrieron el mundo. Al mundo le sigue costando comprender a un país que se sume, por ciclos, en crisis tremendas o que se enmaraña en peleas encarnizadas cuando asoma la prosperidad. Cuesta entender, en realidad, muchas cosas más: un Gobierno que llama a una negociación y que hace un paréntesis largo; una dirigencia rural que nunca supo garantizar del todo el levantamiento del paro; una oposición que se limita a opinar sobre las palabras y actos del Gobierno, como si en lugar de opositores fueran periodistas.
Ni la bonanza económica de estos años alcanza a ocultar la crisis política y dirigencial que persiste en la Argentina y que el conflicto con el campo volvió a desplegar como un tapiz.
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