El presidente de Suiza se paró en un podio en Berna en mayo pasado y leyó un comunicado que confirmaba los rumores que habían recorrido la capital por meses. El gobierno, reconoció, había efectivamente destruido un inmenso acervo de archivos de computadoras y otros materiales que documentaban los negocios de una familia de ingenieros suizos sospechados de ayudar a contrabandear tecnología nuclear a Libia e Irán.
Los archivos eran de interés particular no sólo para los fiscales suizos, sino también para los inspectores nucleares internacionales que trabajan para descubrir las actividades de Abdul Qadeer Khan, el pionero fabricante de bombas nucleares pakistaní que se volcó al mercado negro. Los ingenieros suizos, Friedrich Tinner y sus dos hijos, fueron acusados de tener profundas relaciones con el Dr. Khan, actuando como intermediarios en sus negocios con naciones “rufianes” que buscan equipo nuclear y experiencia.
El presidente suizo, Pascal Couchepin, no respondió preguntas. Pero afirmó que los archivos –que incluían una selección de planes para armas nucleares y tecnologías, entre ellas un diseño pakistaní de bomba altamente sofisticado- habían sido destruidos para que jamás caigan en manos terroristas.
Designios ocultos
Detrás de dicha explicación oficial, no obstante, se encuentra una intrigante historia de espías, infiltrados y los compromisos que los gobiernos hicieron en el nombre de la seguridad nacional.
EEUU habían pedido que los archivos fuesen destruidos, de acuerdo a entrevistas mantenidas con cinco funcionarios antiguos y actuales de la administración Bush. El propósito, afirmaron los funcionarios, era, más que para frustrar a terroristas, para esconder evidencia de una relación clandestina entre los Tinner y la CIA.
Durante cuatro años, varios de estos funcionarios afirmaron, espías de la Agencia Central de Inteligencia (CIA por sus siglas en inglés) pagaron a los Tinner una suma de 10 millones de dólares, parte de la cual fue entregada en un maletín lleno de dinero. A cambio, los Tinner entregaron un flujo de información secreta que ayudó a poner fin al programa de armas atómicas de Libia, revelar las labores nucleares de Irán y, finalmente, desarticular el mercado negro nuclear del Dr. Khan.
Además, funcionarios norteamericanos y europeos dijeron, los Tinner jugaron un rol importante en una operación estadounidense clandestina para canalizar equipo nuclear saboteado a Libia e Irán, un elemento importante pero poco conocido de los esfuerzos para desacelerar sus adelantos nucleares.
La relación con los Tinner “era muy significativa”, dijo Gary S. Samore, quien dirigió la oficina de no proliferación del Consejo de Seguridad Nacional norteamericano cuando la operación comenzó. “Allí es donde obtuvimos los primeros indicios de que Irán había adquirido centrifugadoras”, que enriquecen uranio para combustible nuclear.
Incluso todavía mientras los funcionarios norteamericanos describen la relación como un golpe mayor de inteligencia, fueron hechos compromisos. Funcionarios dicen que la CIA temía que un juicio no sólo revelaría la relación de los Tinner con EEUU –y quizás elevara cuestionamientos sobre los negocios estadounidenses con contrabandistas atómicos- sino también pondría en peligro los esfuerzos para reclutar nuevos espías en un tiempo de graves preocupaciones sobre el programa nuclear iraní. La destrucción de los archivos, sospechaban los funcionarios de la CIA, socavaría el caso y podría dejar en libertad a sus informantes.
“Estábamos muy felices de que fueran destruidos”, admitió un alto funcionario de inteligencia en Washington respecto de los archivos.