La situación económica global arroja dos fenómenos que no pueden ser obviados: Japón ha seguido la vía alemana y ha caído definitivamente en recesión, definida por dos trimestres consecutivos de crecimiento negativo, mientras que la tasa de expansión de China amenaza con caer más de lo previsto. ¿Cuál es el patrón que identifica a estos países? Tanto Japón como Alemania y China apoyan su estructura económica en el aparato exportador, al mismo tiempo que sus propios consumidores se muestran reacios a consumir.
La casi total desaparición del consumo masivo de Estados Unidos y Gran Bretaña ha dañado seriamente el desempeño económico de Japón, Alemania y China. Ahora, desarrollar nuevos mercados en medio de una severa crisis financiera es una ardua tarea para estos países. Para fortalecer sus economías, las autoridades deben ahora alentar a su mercado interno para que salgan a comprar.
Quitar el foco de la exportación no sólo abordaría los desequilibrios dentro de esos mismos países. Los desequilibrios globales, en los que los países con cuenta corriente superavitaria (como China, Japón y Alemania) contribuyen a financiar el déficit de otras naciones, también podrían en última instancia encontrar resolución.
La clave está en la muñeca de cada gobierno. Es necesaria una política fiscal más abarcativa, aunque las vastas diferencias entre estas tres economías harán divergir a los paquetes de medidas.
Japón parece estar inmerso en la posición más difícil. La política monetaria no puede ser de mucho auxilio con tasas de interés al 0,3%, mientras que la política fiscal enfrenta limitaciones, con una deuda bruta de alrededor del 170% de Producto Bruto Interno (PBI), el ratio más alto para un país. El mes pasado, el Gobierno anunció un paquete de estímulo de fiscal de 51.000 millones de dólares. En principio, parece un paso en la dirección correcta, pero resta convencer al mercado local de que el consumo es una operación segura. Este no parece ser momento de elevar impuestos al consumo ni de recortar beneficios jubilatorios y de salud.
El Gobierno germano tiene más capacidad de maniobra, ya que proyecta un superávit presupuestario para este año. Lo indicado parecería ser recortar gravámenes para que los consumidores, luego de años de sueldos estancados y aumento de impuestos, tengan más cintura para gastar. También se espera que el Banco Central Europeo (BCE) rebaje aún más las tasas de interés, una medida que aportaría confianza en el corto plazo, pero que no contribuiría a desligar el aparato exportador de la suerte de la economía.
Con una escasa deuda estatal, Beijing puede darse el lujo de aplicar un suculento paquete de estímulo fiscal. Sin embargo, el paquete anunciado la semana pasada no parece haber generado el impacto que estimaba el Gobierno. Los consumidores chinos sólo comenzarán a gastar cuando sientan que la educación y la salud están aseguradas por el Estado.
De esta manera, aún con las enormes diferencias entre Japón, Alemania y China, las autoridades de estos tres países parecen apuntar a un mismo blanco: impulsar el consumo doméstico. Lograrlo significaría mantener en pie a la economía en medio de la crisis, y también podría alentar a un reajuste estructural en el largo plazo del ámbito interno e incluso global.