A medida que la soja transgénica se hace de vastas extensiones de terreno en Sudamérica y aumentan los informes de contaminación genética de los maíces locales en Mesoamérica, la resistencia popular contra los cultivos biotecnológicos también ha crecido. Las protestas forman parte de movimientos populares por todo el hemisferio que rechazan el agronegocio con llamados en pro de la reforma agraria, la soberanía alimentaria y la agricultura sustentable.
El planteamiento de que los cultivos transgénicos (genéticamente modificados) surgen con el fin de combatir el hambre no es más que un mito. En realidad la gran mayoría de éstos no fueron desarrollados para altos rendimientos o valor nutritivo incrementado, sino para resistencia a herbicidas. La contracara de esto, es que este tipo de agricultura destruye la diversidad vegetal - la mayor parte del área de superficie agrícola dedicada a cultivos transgénicos está sembrada con sólo un cultivo: soja.
Ésta soja transgénica ha sido desarrollada por una sola corporación, la estadounidense Monsanto, con sólo un rasgo en mente: resistencia al herbicida Roundup, también de Monsanto.
Los cultivos transgénicos, que han sido sembrados a nivel comercial desde mediados de los ‘90, han sido desarrollados mayormente con el solo propósito de aumentar las ventas de semillas y herbicida de Monsanto al permitirle vender ambos como un solo paquete integrado.
La mayor parte de esta soja no alimenta gente en países pobres sino a ganado en corrales de engorde en Estados Unidos, Europa Occidental y China, para hacer carne que los pobres del mundo no pueden comprar. El resto es canalizado mayormente a usos industriales, como la fabricación de tinta, jabón y pegamento. Lo poco que resta termina convertido en aditivos de soja encontrados en más de la mitad de los alimentos procesados, como pan, chocolate y mayonesa. Y ahora una porción creciente de la cosecha mundial de este producto está siendo usada para hacer biodiesel.
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