Los investigadores indican que los gases volcánicos agregan de forma natural dióxido de carbono a la atmósfera, y con el paso de de millones de años el CO2 es eliminado por el desgaste de las rocas de silicato como el granito y después encerrado en carbonatos sobre el lecho de los océanos. Cuantas más rocas se erosionan, mayor carbono se desecha.
Los científicos, dirigidos por Mark Pagani, utilizaron simulaciones del ciclo de carbono global y observaciones de experimentos del crecimiento vegetal para mostrar que a medida que las concentraciones de CO2 atmosférico comenzaban a descender hacia niveles cercanos a la escasez para las plantas terrestres, la capacidad de estas y la vegetación para desgastar las rocas de silicato disminuía en gran medida, lo que producía una reducción del dióxido de carbono.
Según explica Pagani, "cuando los niveles de CO2 se vuelven sofocantemente bajos, el crecimiento de las plantas se ve en peligro y la salud de los ecosistemas de los bosques sufre”. Y, cuando esto sucede, “las plantas no pueden ayudar a eliminar el dióxido de carbono de la atmósfera más rápido de lo que los volcanes y otras fuentes lo proporciona".
Los investigadores explican que esto supone que el ser humano tiene otra gran deuda con las plantas, ya que, además de proporcionar alimento, también estabilizan el clima de la Tierra al inhibir los niveles demasiado bajos de CO2 que podrían convertir al Planeta en una gran bola de hielo en el espacio.