“Dado que los inviernos templados cada vez son más templados y los fríos más fríos, es previsible que el tamaño del agujero que se forma en el Artico sea cada vez más variable”, explicó en una conferencia de prensa en Ginebra Geir Braathen, del Departamento de Investigación Atmosférica y Medio Ambiente de la OMM.
En el curso de los once últimos inviernos la pérdida había superado el 13% en ocho ocasiones y había quedado debajo de ese porcentaje en tres más, explicó la OMM en su primer boletín anual sobre la capa de ozono en el Artico.
“Durante las dos últimas décadas” -apuntó Braathen- “hemos observado una creciente tendencia al aumento de la variabilidad de las condiciones meteorológicas en la estratosfera”.
Al contrario que en el Antártico, en el Artico sí habita un número significativo de seres humanos y se da la circunstancia de que los agujeros en la capa de ozono también son muy móviles, de forma que se desplazan por encima de Alaska, Canadá, Groenlandia, el Norte de Europa y Siberia.
La capa de ozono es una zona de la atmósfera, situada entre los 15 y 35 kilómetros de altura, donde se concentra el 90 por ciento de ese elemento, que se forma y se destruye constantemente.
Una de las consecuencias más perjudiciales de su deterioro para los seres vivos es que reduce la protección que ofrece ante los rayos ultravioletas emitidos por el sol, lo que ocasiona daños a la piel y los ojos (quemaduras, cánceres y cataratas) y debilita el sistema inmunológico, además de reducir el rendimiento de las cosechas.
De acuerdo con los datos del boletín publicado por la OMM, las reacciones químicas y, principalmente, las bajas temperaturas de la estratosfera durante el pasado enero, desencadenaron en ese mes una pérdida del 20 por ciento en la capa de ozono sobre el Artico.
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