Fue como debía ser: un recital. Gente arriba del escenario interpretando sus canciones, y mucha más gente abajo disfrutándolas y aplaudiendo en consecuencia. Nada de banderas, de cantos unificados, de ceremonias, rituales y conjuros. Bob Dylan ni siquiera habló más que para presentar a los músicos. Y sin embargo lo dijo todo por donde debía comunicarlo: a través de sus canciones. Claro que para que sucediera algo tan simple y concreto (tanto que ya nos habíamos olvidado de cómo era), era requisito fundamental la presencia de un artista. Perdón, Un Artista, El Artista: alguien que supiera contar cosas que alguien más tuviera ganas de escuchar.
Una hora antes, había subido León Gieco, con su guitarra y su armónica, a hacer de merecido número soporte. Cuando la carrera del santafesino se inició en 1972, todos lo llamaron unánimemente el “Dylan argentino”, y León se hizo merecedor del apodo. Nadie como él como para presentar a la leyenda. O al menos, precederla. Al final, hizo una emotiva versión de “El fantasma de Canterville” junto con Gustavo Santaolalla y Charly García, conformando una delantera de lujo.
Poco tiempo más tarde, una caída de luces, una música muy extraña y una voz que anuncia como si fuera una atracción circense, a Bob Dylan. Sin decir agua va, el hombre saluda a la masa entonando los versos de “Rainy Day Woman 12 & 33”; claro que, entonando, es una forma de decir. Su voz se ha transformado en una suerte de rugido ronco, que se iría revelando a lo largo del show. No son solamente los años, sino el producto de una mutación constante en su interpretación: pero hacia el final lo que causaba sorpresa al comienzo, no era casi percibido. La segunda canción fue “Lay, lady lay”, también en una versión cambiada. Al cuarto tema, abandona la guitarra eléctrica y se ubica detrás de un teclado en el que ofrecerá curiosas líneas de órgano en segundo plano.
Y esa sería, imperturbable, la mecánica del show cuyo repertorio osciló entre las canciones de Modern Times, su último álbum, y algunos clásicos bien escogidos. Bob Dylan se maneja con varias listas de temas, y es probable que a Buenos Aires le haya tocado una de las más emotivas. Los tres temas finales fueron “Stuck inside of Mobile with the Memphis Blues again”, “All along the watchtower” (con cierta impronta de Jimi Hendrix, quien hizo la mejor versión de la canción, superando aún a su autor), y “Blowin' in the wind”.
La banda es lo más parecido a una F-100: todo terreno. Saben de sutilezas y del momento en que es necesario palo y palo; lo primero se reveló en canciones como “Spirit in the water”, que requiere de un swing casi jazzero, y lo segundo se vio cuando despertaron del hechizo al auditorio con una potente interpretación de “Highway 61 revisited”. El grupo puede acometer una balada folk como “Working man blues Nº 2”, y al momento siguiente encarar un rockabilly furioso de la talla de “Summer days”, de Love and Theft.
Bob Dylan, de sombrero y pilcha negra, hace lo suyo sin utilizar ninguno de los clichés rockeros: en ese sentido, recoge la tradición de los viejos cantantes de folk y blues que se consideraban a sí mismos entretenedores más que artistas. El escenario, con un telón negro de fondo, transmitía la misma austeridad que el músico. Todo ese mutismo en cuánto al despliegue podría aparecer como tacañería escénica, pero en verdad lo que hacía era concentrar todo el foco en las canciones. 20 mil personas parecieron acordar con Dylan en el caluroso aplauso final.
Fuente: Sergio Marchi para 10música
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