Los asiduos escándalos a los que nos tiene acostumbrados Britney Spears no serían sólo un capricho. Es que la diva, que de a poco quiere volver a los escenarios, sufre de dos trastornos que la llevan a comportarse de esa extraña manera.
Se trata de la combinación de narcisismo y bipolaridad. El trastorno narcisista de la personalidad se caracteriza por un patrón general de grandiosidad, la necesidad de admiración y falta de empatía con los demás, en tanto que el trastorno afectivo bipolar se caracteriza por episodios depresivos, irritables y otros de euforia excesiva.
Según expertos, Britney inició su carrera siendo muy joven por lo que le ha faltó madurar ciertas experiencias, lo que tradicionalmente se dice como “quemar etapas”.
La idea de afeitarse la cabeza, por ejemplo, fue una decisión de víscera que la llevó luego a una depresión y posteriormente a usar una peluca. Otro de sus intempestivas reacciones la vivió cuando decidió internarse en una clínica de desintoxicación y salir al siguiente día. Este tipo de disposiciones son de víscera y propias de las conductas maníacas o hipomaníacas.
Durante la infancia, se viven períodos de egocentrismo y sensaciones de grandiosidad, pero al paso de los años las personas van dejándolo dejar paso al alocentrismo, que es la tendencia a ayudar a los demás, el desprendimiento del propio yo por modestia y la generosidad de sentimientos.
A Britney le faltó soltar el egocentrismo infantil que se demuestra con la búsqueda constante e interminable de una persona ideal que finalmente no podrá encontrar en ningún lado.
Y estos esfuerzos que ella hace se deben a la búsqueda de la imagen de la pequeña que ya dejó de ser. Según especialistas, este tipo de conductas son muy comunes en las culturas narcisistas como la estadounidense. “Se enfocan más al individualismo, el éxito y a la competitividad y esto da como resultado al narcisismo”.
Con este panorama, la chica pop continuará ofreciendo espectáculos, tanto arriba como abajo del escenario.
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